HÉCTOR ALTERIO, UN HERMOSO VOLVER

por Rafael Valles

La llamada publicitaria puesta en la página web del Teatro Astros anunciaba así el regreso de Alterio a Buenos Aires: HÉCTOR ALTERIO PRESENTA: A BUENOS AIRES – EN SU DESPEDIDA DE LOS ESCENARIOS ARGENTINOS. Para quien pudo acompañar los pasos de Alterio por Buenos Aires ahora, en abril de 2023, quizás pueda sumar un sentimiento más amplio que una despedida. Frente a sus 93 años de vida y con una energía de quien no parece dispuesto a colgar los botines, asistir  al espectáculo ofrecido por Alterio me trajo un sentimiento de celebración.

Celebración a una trayectoria, al hecho de volver a Buenos Aires después de diez años, a la posibilidad de reencontrar su acento porteño, sus pasiones.  Héctor y Tita seleccionaron para el espectáculo textos que son una celebración al tango, a la amistad, al deseo de volver. ¿Cómo no ser cautivado cuando Alterio recita Teoría de los buenos deseos, de Hamlet Lima Quintana?

Que no te falte tiempo

para comer con los amigos

partir el pan,

reconocerse en las miradas.

Deseo que la noche

se te transforme en música

y la mesa en un largo

sonido de campanas.

O entonces por Siempre se vuelve a Buenos Aires, hermosa letra escrita por Eladia Blázquez en una canción compuesta por Astor Piazolla.

Esta ciudad está embrujada, sin saber…

por el hechizo cautivante de volver.

No sé si para bien, no sé si para mal,

volver tiene la magia de un ritual.

La celebración también fue del público. De todos los públicos. En la primera función, al entrar en el escenario, Héctor fue recibido de pie, con aplausos que se mantuvieron contundentes por minutos. Al final de la presentación, más aplausos cargados de emoción. Días después, al llegar al salón del Centro Cultural Kirchner para recibir un homenaje como Personalidad Emérita de la Cultura por el Ministerio de la Cultura, Alterio fue recibido con gritos de “Olé, olé, olé, olé… Héctor, Héctor!”, como si de pronto las formalidades perdieran espacio para un cálido clima de hinchas al reencontrar a uno de sus cracks volviendo a casa.

Como extranjero, al asistir estos hermosos momentos, me enamoré de la pasión y del cariño que los argentinos manifestaron para un nombre referente de su historia. Cada abrazo que Alterio recibió en este homenaje parecía decir un contundente “¡cómo te extrañamos!”. Asistir al abrazo entre Alterio y Pepe Soriano trae esta dimensión de cómo las emociones fueron intensas (para quien lo quiera ver, el video está disponible en YouTube: https://www.youtube.com/shorts/Lq5aoBZUQ7o).

Si ya no fueran suficientes estas celebraciones, la más esperada de todas mostró por qué  Alterio es tan admirado y querido por el público y por sus colegas. Sobre el escenario, acompañado por el pianista Juan Esteban Cuacci y dirigido por su esposa y compañera de toda una vida, Angela Tita Bacaicoa, Héctor logró un trabajo con un gran virtuosismo actoral.

Cito acá un momento puntual del espectáculo, que dice mucho sobre su trabajo de interpretación, cuando Alterio recita el poema “¡Qué lástima!” del poeta español León Felipe. Hay un giro en el texto que aparece cuando se refiere a una niña (link para acceder al poema: https://www.zendalibros.com/lastima-leon-felipe/). Es una parte del texto que va del encantamiento a la tristeza. En él, Alterio maneja con maestría el tono de la voz y los tiempos de la lectura, carga de emoción el silencio entre cada palabra, subraya la imagen buscada por Leon Felipe que se mueve entre la alegría frente a esa niña que lo miraba desde la ventana, hasta la tristeza en ver, tiempo después, “como se la llevaban en una caja muy blanca…”. Entre momentos tan lindos de este espectáculo, es en “¡Qué lástima!” que llegamos al ápice. Ahí está su profunda unión con León Felipe, ahí está la entrañable conexión con el público que lo aplaudió con tanta calidez y con gritos de bravo. Alterio nos muestra cómo llenar de emoción y sutilezas la lectura de un poema, nos encanta con un virtuosismo que no necesita afirmarlo, pues entiende la medida, sin sobrepasarla.

Su proceso instintivo de composición, sin método preestablecido (No tengo método; tengo sudor y lágrimas, dijo al diario El País, en 2006) lo llevó al corazón de personajes que hoy hacen parte de la historia del cine argentino y español.

Cuando uno escucha su nombre, en seguida vienen a la cabeza personajes como José, el  anarquista (Caballos Salvajes, 1995), el viudo Martín Santome (La tregua, 1974), el soñador Nino Belvedere (El hijo de la novia, 2001), Roberto,  el complaciente con los americanos  (La historia oficial, 1985), el melancólico y solitario José (A un dios desconocido, 1977), el Don Alejandro, amante de música clásica (El nido, 1980). Mi cariño y admiración por el cine argentino también pasa mucho por sus personajes, por un actor que encontró en ellos, “una forma de encubrir su patológica timidez”, como dijo en su discurso en el CCNK. Nos toca agradecer también a su timidez por haber generado trabajos tan lindos en estas películas y en tantas otras obras cinematográficas y teatrales.

En la última función de A Buenos Aires, el pianista Juan Esteban y Héctor dedicaron el último poema para Angela Tita Bacaicoa, la gran responsable para que todo eso se volviera realidad. Este espectáculo es también una celebración a este profundo amor entre ellos dos. Si hace casi cincuenta años, Héctor y Tita vivieron momentos tan difíciles frente a la amenaza de la Triple A y a la necesidad del exilio para España, verlos ahora con A Buenos Aires celebrando su amor por Argentina y por Buenos Aires es también una celebración a la vida, al arte, a la cultura.

– Decir solamente gracias, sería poco. Decir no me lo merezco, sería mentira. Vuelvo a insistir, muchísimas gracias, no encuentro otra coleta que tenga esta palabra para cogerla así. ¿Qué más hay después de gracias? Están todos ustedes y eso para mí ya es fundamental – dijo Alterio en el homenaje, tras recibir la placa de las manos de TristánBauer, ministro de Cultura.

Si Héctor va a volver en un futuro próximo a Buenos Aires, sea para una nueva película, sea para un nuevo trabajo o para un simple paseo de vacaciones, uno no lo sabe. Lo que sí se puede decir es que valió la pena haber esperado todos estos años por su regreso. Alterio escribió un nuevo y lindo capítulo de su historia en Argentina. Fue para mí un privilegio poder testimoniar y disfrutar cada momento de ella siendo escrita.

¡Mil gracias Héctor y Tita!

UMA TARDE COM EDUARDO COUTINHO

por Rafael Valles.

Não me lembro exatamente o que fui fazer no Rio de Janeiro em 2011 e tampouco tenho a precisão de datas e lugares, porque a memória já começa a ficar refém das imprecisões que a passagem do tempo nos traz. Mas as referências que ainda guardo daquela tarde são pontuais e especiais. Aproveitei a viagem para realizar um antigo desejo: conhecer Eduardo Coutinho.

A justificativa para isso seria entregar a ele a minha dissertação de mestrado sobre a questão da performance no documentário brasileiro contemporâneo, no qual eu analisava, entre outros filmes, o seu Moscou (2009). Se ele iria ler ou não, já era uma outra questão. O que importava naquele momento era a oportunidade de trocar umas palavras com um dos maiores realizadores que o nosso cinema já teve.

Meses antes, cheguei a consultar Consuelo Lins por email para saber como poderia falar com ele. Consuelo me passou o contato do CECIP – Centro de Criação de Imagem Popular, localizado no centro da cidade. Ao ligar pra lá, uma primeira surpresa: foi o próprio Coutinho quem atendeu. Logo marcamos data e horário.

O que lembro desse primeiro momento do encontro foi quando entreguei para ele a minha dissertação. Lembro também do meu orgulho por fazer a entrega pessoalmente. E o contraste que veio logo em seguida. Coutinho não fez muito caso com as cento e poucas folhas impressas e encadernadas que me renderam alguns meses de trabalho e de escrita. Ele logo em seguida abriu uma gaveta e colocou a dissertação junto com tantos outros textos encadernados. Com um misto de surpresa e resignação, neste simples gesto entendi que a minha dissertação era apenas mais uma entre tantas que ele deveria receber continuamente de várias pessoas que analisaram a sua obra.

Só que o grande presente que recebi dele não passava por este tema, mas pelo que veio logo a seguir. Coutinho me informou que em alguns minutos viriam buscá-lo para um bate papo sobre o seu filme mais recente, Um dia na vida (2010). Ele me perguntou se eu gostaria de vir junto. Aceitei o convite como quem sentia que a tarde estava apenas começando e que tinha tudo para ser especial. A começar pela ida até o local, uma universidade localizada nos subúrbios da cidade do Rio de Janeiro. Como as imprecisões da memória me impedem de recordar o nome da instituição e a região para onde fomos (até porque eu vinha do sul do país e mal conhecia o Rio de Janeiro), o que lembro foi que conversamos sobre Moscou, talvez o filme menos “coutiniano” da sua obra (junto com Um dia na vida). Lembro de como este filme resultava incomodo para Coutinho pelo tom que adotou sobre ele na nossa conversa, muito possivelmente por ser um documentário que saiu dos seus domínios narrativos e pela repercussão negativa que teve em situações como a crítica escrita por Eduardo Escorel (link: https://piaui.folha.uol.com.br/materia/coutinho-nao-sabe-o-que-fazer/).

Ao chegarmos na universidade, ficamos no lado de fora da sala com o moderador do encontro, enquanto a projeção do filme terminava. O que lembro do evento devo aos registros que fiz com minha câmera daquela época (uma Sony Bloggie bastante limitada tecnicamente) e que compartilho aqui pela primeira vez (para quem quiser assistir é só acessar a imagem acima do texto ou aqui diretamente pelo link: https://www.youtube.com/watch?v=ZreLoudW-gA).  

Rever estes pouco mais de oito minutos com Coutinho falando me traz um sentimento de alegria. A começar pela possibilidade de reencontrar o seu humor ácido, o carisma tão peculiar que ele tinha com o seu jeito carrancudo e ao mesmo tempo, tão gracioso de ser. O registro que fiz perde um pouco da fala inicial de Coutinho, quando ele comenta sobre a presença dos estudantes adolescentes e os aplausos ao final da sessão para um filme nada convencional, difícil de ser assistido:

– … Porque se não viessem, não passavam de ano, é isso? (risadas gerais) A troco de que vocês estão aqui? Tudo garotos, menor de idade… o que é proibido. 16, 18 anos… Quem são vocês, que querem da vida?… não sei nada. Vocês ficam até o final e batem palma, o que é uma loucura. (risadas gerais) Além da sala ser maravilhosa, porque ela é grande, cabe cem pessoas, tem uma tela grande. Visto em casa, na televisão, é um filme insuportável.          

Coutinho se refere a Um dia na vida, filme que fez todo em cima de fragmentos de programas televisivos que foram exibidos ao longo de um dia, nos mais variados canais de sinal aberto da televisão brasileira. Considerado por ele próprio como seu “filme clandestino” (porque não podia ser exibido comercialmente em salas de cinema, pelo fato de não ter adquirido os direitos das imagens), Coutinho naquela época participava de atividades como esta de levar o filme para ser visto e debatido em eventos sem fins lucrativos.

Num outro momento que registrei, Coutinho comenta o que seria a proposta original do filme, que não chegou a ser realizada. É muito revelador perceber neste fragmento do vídeo como o surgimento das suas ideias para um novo documentário sempre passavam pela construção de um dispositivo narrativo, pelo estabelecimento das regras do jogo (e também pelo desejo em assumir uma proposta que fosse diferente ao seu projeto anterior).

– Eu queria fazer um filme que ninguém dissesse um texto sobre si próprio. Um filme que tirasse de jornal, de livros, interpretado por atores ou não atores, mas que ninguém falasse de seu nome, um filme de citações, adaptações, plágios, pilhagens. (…) E aí o João (Moreira Salles) falou, “por que não televisão?”. Daí eu falei “não, porque não passa”. Daí ele falou “poderia gravar, só para experimentar”. Como era barato ligar o dispositivo com todas as emissoras de TV aberta, a regra era gravar aquilo que foi feito para a televisão. Aí eu tive grande surpresa sobre aquela coisa espantosa (…) era a primeira vez que eu vi esse troço (obs.: Coutinho se refere a programação televisiva). Era um dia comum, sem futebol, sem ser sábado e domingo, a regra era essa, um dia simples, comum. (…) O fato é que se tinha oito monitores, se escolhia, tinham programas que eram preferenciais. Você dizia, “esse programa tem que entrar”. Por exemplo, não posso perder o Chaves.

Os registros em vídeo que fiz são tudo o que tenho daquele dia. Não tenho fotos ou selfies com Coutinho, o que em parte lamento até hoje. Mas cada vez que lembro esta ausência, trato de lembrar que tive algo maior do que isso. O gesto que Coutinho fez ao me convidar para ir ao bate papo talvez até nem tenha significado grande coisa para ele, mas para mim significou muito. E isso também me fez pensar sobre como Coutinho era capaz de produzir encantamento nos personagens dos seus filmes a partir destes  “pequenos gestos” que os conduziam para uma experiência que ia muito além do cotidiano, que os deslocava para viverem momentos singulares nas suas vidas. No documentário Banquete Coutinho (Josafá Veloso, 2019), ele afirma que “na rotina nada é mágico. Extraordinário é aquele momento do encontro, não do cotidiano”.  Numa única tarde, Coutinho me fez entender muito mais sobre ele e a sua obra do que consegui expressar na minha dissertação de mestrado.

Obs: para quem quiser assistir ao filme Um dia na vida, é só acessar o link https://www.youtube.com/watch?v=v3Yw6Sa4GYM

O sorriso de “Eduardo e Mônica”

A começar pelo título do filme, “Eduardo e Mônica” já anunciam dois fortes motivos para muitas pessoas irem aos cinemas: a evocação que a música composta por Renato Russo proporciona para a realização deste longa e aquele universo nostálgico que sempre traz suspiros quando se pensa nos anos 80. A julgar pelo sucesso de bilheteria (já arrecadou R$1,55 milhão entre 27-30/01), o filme não deve decepcionar a quem busca essas chamadas. Estão ali as referências da canção a Manuel Bandeira e a Nouvelle Vague, ao jogo de futebol de botão, o filme também acrescenta a esse imaginário as chamadas telefônicas pelo orelhão… Mas mesmo para quem não é muito fã da Legião Urbana (eu sequer conhecia essa canção¹) ou dos anos 80, o filme consegue ir além. Não é somente um convite ao prazer por um tempo distante, mas também é uma chamada para o exercício constante do distanciamento.

Neste filme dirigido por René Sampaio e interpretado com muita delicadeza e sintonia por Alice Braga e Gabriel Leone, nos deparamos não somente com um casal improvável, diferente em tudo, mas também com o encontro de um terceiro personagem que vai sendo pontuado ao longo da narrativa: o sorriso.

Existe no personagem de Eduardo aquele sorriso juvenil, de estar se deparando com um caminho de descobrimentos que os 16 anos de idade lhe proporcionam. Com aparelho nos dentes, com os carrinhos e o pôster da Malu Mader decorando o quarto, o filme ressalta essa doce ingenuidade da adolescência, por mais que também pontue certos acontecimentos que forçaram a construção da sua personalidade.

Já em Mônica, o sorriso surge por outros caminhos. Alguns anos mais velha que Eduardo, ela já se depara com as vivências típicas da vida adulta. No seu olhar, existe não somente um sentimento de perda, mas também a consciência pelo mundo que enfrenta, pelos desafios na busca por se afirmar existencialmente (e profissionalmente). Nesse caminho mais árido, ela então se depara com Eduardo, e assim descobrimos um sorriso mais maduro, mais terno, como quem olha com distância por um tempo já vivido, mas que também se nutre dessa inocência do outro.

Justamente por frisar o sorriso, o filme também pontua muito bem a falta dele.  Momentos como a ceia de natal com o avô de Eduardo revelam um contexto sócio-político do país, com fraturas que ainda hoje persistem. O filme consegue ter a sutileza em estabelecer bem algumas relações com o país atual, num contexto em que o que menos conseguimos hoje em dia é sorrir.    

Um dos méritos de Sampaio foi ter construído um filme solar, uma narrativa que dá espaço e tempo aos sorrisos dos personagens. Em tempos atuais tão pautados por acirramentos nos debates virtuais, em tempos que somos desgovernados por pessoas mal intencionadas que fazem continuamente piadas de mau gosto, é revigorante ver um filme que entende a importância do encantamento pelo outro. Com a sutileza dos gestos, dos diálogos, do uso das luzes, é um filme que nos traz a oportunidade para voltar a sorrir. Não por acaso, uma das cenas mais simbólicas disso é quando Eduardo e Mônica fazem um jogo de luzes e sombras em frente a fachada do Congresso Nacional. Mesmo diante de um lugar que hoje nos traz tantas derrotas, o filme mostra que ainda é possível encontrar um olhar que nos distancie dessas tristezas. O cinema ainda possui esse poder de encantamento.

¹ Uma observação: Ou, pelo menos, eu imaginava não conhecer essa canção, até receber os comentários de amigos leitores que me convenceram ser impossível não conhecer “Eduardo e Mônica”, já que ela tocava continuamente nas emissoras de rádio, entre os anos 80-90. Minha memória não alcança, possivelmente eu tenha escutado a canção naqueles tempos, mas como nunca fui um fã da Legião Urbana (embora admire Renato Russo e o legado da banda), não guardo lembrança suficiente a respeito dessa canção.    

Sala 8

Quem é cinéfilo sabe que a Sala 8 do antigo “Unibanco Arteplex” e do agora extinto “Espaço Itaú de Cinema” já era praticamente um patrimônio cultural da cidade. Ali sempre passaram os pequenos-grandes filmes, aqueles que o grande público praticamente nem sabia que existiam. Por ali passaram os grandes autores, as renovações estéticas, os nomes emergentes, as experimentações. A pequenez da sala tornava ela ainda mais acolhedora, mais “canchera”, menos cinema de shopping. Ali passaram muitos filmes que não passaram em nenhuma outra sala na cidade. Ali também foram incontáveis as vezes em que vi sessões com não mais que 2 ou 3 espectadores (isso falando num contexto antes da pandemia, obviamente). Não só guardei este ingresso até o fim daquela sessão em 2005, como sigo guardando há 16 anos. É uma daquelas coisas meio tolas de cinéfilo-colecionador, querendo guardar o ingresso daquele que já se anunciava como um possível último filme do Michelangelo Antonioni. Mas eram esses encantos que trazia a Sala 8. Agora que já informaram que o cinema seguirá (mas sem o Unibanco-Itaú para bancar), fica aquele sentimento de um ciclo que se termina e outro que será iniciado não se sabe quando e como. Espero, pelo menos, que a sala 8 siga sendo o que sempre foi. Sem ela, será apenas mais um cinema de shopping.

José Martínez Suárez y el Taller MS

No dia 20 de junho de 2008, tive um daqueles momentos que marcaram um antes e um depois na minha vida. Após um ano de trabalho na elaboração do “Amelia y Pippo”, fui até o escritório do José, para assistir com ele, a versão final do curta que estivemos realizando pelo Taller MS, o seu taller. Naquele momento, já não tínhamos mais o convívio semanal dos encontros do seu taller, porque ele já tinha assumido o posto de presidente do Festival de Mar del Plata e eu seguia o meu caminho como estudante, no mestrado em cinema documentário, pela FUC. Mas, mesmo com o fim do Taller MS, existia a expectativa em vermos o resultado final juntos, sabendo muito bem todos os caminhos que foram necessários para chegar a esse dia. Eu também tinha as minhas expectativas em ver a reação dele, em saber se o filhote estava pronto ou se ele achava que precisaria mais alguns ajustes.

Só que ao terminamos de assistir o curta, não tive mais dúvidas. Até hoje me lembro, com um misto de emoção e surpresa, que ao final da projeção, José estava com os olhos lacrimejantes. Em todos os 12 anos que pude conviver com ele, foi a única vez em que vi José chorar. Profundamente agradecido a ele por aquele momento e por tudo que ele me proporcionou através do Taller MS, resolvi então escrever um email para expressar a minha gratidão. Ele então me respondeu o seguinte: “Volví a ver recién el corto y se me volvieron a llenar los ojos de lágrimas en la última secuencia. Abrazos, mi amigo brasilero. MS/”.

Depois desse dia, o curta ganhou vida própria, foi selecionado em sete festivais, teve a sua estreia pública numa sessão do Cineclub Núcleo (em conjunto com outros curtas do Taller MS) e inclusive pude realizar, anos depois, a versão brasileira deste mesmo roteiro, ao ser selecionado para o projeto Histórias Curtas, da RBS-TV. Mas o que fica deste curta são as lindas lembranças por ter trabalhado e compartilhado esses momentos com o José, por ele ter me apresentado e proporcionado colegas maravilhosos para realizarmos esse filme e a constatação de que era possível fazer um bom trabalho com um orçamento mínimo (gravamos tudo numa única diária). No dia de hoje, em que completam dois anos em que o José faleceu, compartilho esse curta, que me fez aprender muito sobre cinema, mas, sobretudo, ainda mais sobre a vida. Muchisimas gracias por todo, querido Maestro. ❤

Sessões de Quarentena #04

O pacto de Adriana (Lissette Orozco, 2017): como encontrar as peças ocultas?

por Rafael Valles

            A partir do início dos anos 2000, começaram a existir uma quantidade significativa de documentários latino-americanos em que filhas e filhos de pessoas desaparecidas/mortas ou exiladas durante as ditaduras militares buscaram realizar filmes como uma forma de entender as circunstâncias que determinaram o destino dos seus pais e mães. Filmes como Los Rubios (Albertina Carri, 2003), M (Nicolás Prividera, 2007), Os dias com ele (Maria Clara Escobar, 2013), Diário de uma busca (Flávia Castro, 2010), são obras que dialogam – em maior ou menor grau – com a questão da “pós-memória”[1], enquanto ser “a memória da geração seguinte a que padeceu ou protagonizou os acontecimentos (ou seja: a pós-memória seria a “memória” dos filhos sobre a memória dos seus pais) […] seria a reconstituição memorialística da memória de fatos recentes não vividos pelo sujeito que os reconstitui” (SARLO, 2007, p.91-93). São filmes contundentes, que expõem lacunas, vazios, questionamentos e o desejo em fazer da obra que produzem, um processo de busca para o entendimento desses contextos sócio-históricos.

            O pacto de Adriana (Lissette Orozco, 2017) é um filme que pertence a esse contexto, mas também é um documentário que problematiza ainda mais a questão da memória e das lacunas causadas por uma ditadura militar. O que acontece, por exemplo, quando é revelado que uma pessoa que você admirou a vida inteira, pode ter sido responsável por cometer torturas e crimes durante um regime ditatorial? É o que ocorre com este documentário e com a realizadora chilena Lissette Orozco, que decidiu fazer um filme sobre a sua tia Adriana Rivas, a tia Chany, agente da DINA (Dirección de Inteligencia Nacional), a polícia política comandada por Manuel Contreras, pertencente ao regime do ditador chileno Augusto Pinochet.        

            Orozco decidiu seguir o seu instinto e fazer um filme que procurasse entender as circunstâncias que levaram a sua tia a ser presa em 2007, e as implicações que ocorreram quando ela conseguiu liberdade condicional e fugiu do país em 2011, durante o seu julgamento por ter sido cúmplice e responsável por torturas e assassinatos enquanto trabalhava para a DINA.

            A realização do filme ocorre em distintos momentos:

– no período anterior a 2011, quando ela entrevistou a própria tia;

– no período posterior a 2011, quando a realizadora mantém contato a distância com a tia e diante da iminência de Adriana ser extraditada da Austrália, país onde ela vive após ter fugido do Chile.  

            Ao acompanhar a ampla repercussão que o caso tomou na sociedade e nos meios de comunicação chilenos, ao compreender as implicações que isso trouxe não só para a sua família, mas também para a história chilena e para si própria, Lissette Orozco constrói um filme onde as convicções começam a virar dúvidas, onde as certezas se desmoronam a cada nova revelação. Orozco comenta no filme que sempre viu a sua tia com fascínio, como um ídolo, como “a valente da família, a que me ensinou a dizer o que eu pensava, sem ter medo. A que me ensinou a ser eu mesma”.  A mulher forte, independente, a “cereja do bolo” que causava admiração em toda a família, de pronto se desconstrói diante dos fatos e da busca de Orozco por saber quem é Adriana.

            Um dos grandes méritos do filme são as indagações da realizadora. Orozco não cai na armadilha em defender posições, porque entende que o seu objetivo é montar as peças do quebra cabeças que implica não só a sua tia, mas a sua própria posição frente a esse contexto. A realizadora afirma que todas as famílias possuem os seus segredos e que a dela não seria diferente. No entanto, esses segredos familiares estão entrelaçados com a própria história chilena. “Mergulhei no passado da minha tia. E encontrei a história mais obscura do meu país. Aquela parte que minha família nunca me mostrou”, afirma a realizadora.

            Justamente por não se fechar numa posição contrária ou a favor da sua tia, o conflito se acentua quando Adriana cobra da sobrinha que ela atue a seu favor. O pacto no qual se refere o titulo do filme acaba então adquirindo um duplo sentido: pode ser tanto o pacto que Adriana possui com a corporação pela qual fez parte na ditadura de Pinochet de não revelar qualquer ação pela qual está sendo julgada; e o pacto pelo qual Adriana procura estabelecer com sua sobrinha para ajudá-la a mostrar que é inocente através da realização do filme. E aí entra uma indagação feita por Lissette que é chave para o filme, para os seus personagens, para as situações que enfrenta: “A minha tia quer que eu faça esse filme, porque acredita que através dele a inocência dela poderá ser mostrada. Por que eu tenho que contar a sua verdade em vez dela enfrentar a justiça e dizer o que é verdade ou não?”.

            Existe nos depoimentos de Adriana a impressão de que elaconstrói a si própria mais por suas peças ocultas do que pelo que se coloca em evidencia. Quanto mais se evidenciam posições, sentimentos, emoções, mais se parecem ocultar verdades. Vemos e ouvimos uma Adriana que não sabemos quem de fato é. Seria a pessoa que diz que é? Seria a pessoa que dizem que foi? Seria a torturadora que a mídia e pesquisadores afirmam ter sido? Seria nenhuma dessas possibilidades? Em meio a essa polifonia de posicionamentos, Orozco faz do seu filme uma busca para encontrar o seu próprio ponto de vista.

            O que segue me impactando ao rever esse filme três anos depois é a coragem da realizadora em expor as suas intuições, as suas reflexões, a sua esfera íntima, para entender a sua própria condição como sobrinha de uma pessoa que foi julgada por crimes contra a humanidade. Existe nessa auto-exposição uma coragem, uma sensibilidade em compreender a si própria como alguém que precisou investigar, conhecer mais a fundo a história da sua própria família, para também entender a história do seu país. O filme de Lissette Orozco incentiva para que outras pessoas façam o mesmo. A própria sociedade chilena também está buscando enfrentar a sua história, prendendo ex-membros da polícia secreta de Pinochet[2].     

            É nesse sentido que também penso no momento em que estamos vivendo agora aqui no Brasil. A sociedade brasileira assumirá algum dia o desafio de enfrentar efetivamente os períodos mais sombrios da nossa história? Como já dizia Safatle, “quando você não acerta suas contas com a história, a história te assombra”[3]. Vivemos num país que ainda não confrontou os seus próprios traumas e que também por isso, hoje retrocede a passos largos. Quando será que iremos romper com esse pacto de silenciamento e desvelar as suas peças ocultas?

Para assistir o filme “O pacto de Adriana”, é só acessar a página do SESC Digital, no link: https://sesc.digital/conteudo/cinema-e-video/42876/cinema-emcasacomsesc/43945/o-pacto-de-adriana

Trailer do filme: https://www.youtube.com/watch?v=LBOkSe676Po


[1] Para ler mais a respeito sobre o termo pós-memória, ler o artigo “Pós-memória, reconstituições”, da escritora argentina Beatriz Sarlo, que consta no livro “Tempo passado: cultura da memória e guinada subjetiva (UFMG, 2007). Link: http://www.legh.cfh.ufsc.br/files/2015/04/SARLO-Beatriz.-Tempo-Passado.pdf

[2] https://www.dw.com/pt-br/chile-condena-22-ex-agentes-por-crimes-durante-a-ditadura-militar/a-50730621

[3] https://apublica.org/2018/10/quando-voce-nao-acerta-suas-contas-com-a-historia-a-historia-te-assombra/

Sessões de Quarentena #03

Agnès Varda: imaginar, criar, ressignificar

por Rafael Valles

Neste final de semana voltei a assistir Visages, villages (2017), filme da cineasta Agnès Varda e do fotógrafo JR [1]. Trata-se não só de um dos mais belos filmes feitos pela cineasta franco-belga, como também o resultado de uma parceria muito acertada com Jean Réné.

Com fotografias gigantes expostas na fachada do Museu do Louvre, em eventos públicos como as Olimpíadas, passando por exposições em lugares abandonados, em situações ilegais (como a fronteira entre México e Estados Unidos), assim como realizador de projetos de formação artística, como o Projeto Casa Amarela, no Morro da Providência (Rio de Janeiro), JR construiu uma obra de forte impacto visual e intervenção urbana que já percorreu distintos lugares do mundo. Por sua vez, Agnès Varda é um nome referencial na história do cinema e da Nouvelle Vague, tendo realizados filmes como Cléo das 5 às 7 (1962), Os Panteras Negras (1968), Sem teto, nem lei (1985), Jane B. por Agnès V. (1988), Os catadores e eu (2000), como uma obra bastante eclética, que reúne filmes de ficção, documentários, filmes-ensaio, além de possuir uma trajetória como fotógrafa e ter realizado exposições e vídeo-instalações em museus.

            Visages, villages não é somente o encontro de dois artistas de diferentes gerações (Agnès tinha 88 anos e JR tinha 34 anos quando o filme foi feito), mas é sobretudo uma parceria de dois artistas que sempre buscaram um sentido expandido nas suas obras, onde o audiovisual se mescla com a fotografia, com as artes plásticas, com as intervenções urbanas, com os museus, com o cinema.  O resultado disso é possível conferir nesse belo filme, onde ambos percorrem os vilarejos franceses e saem a fotografar as pessoas desses lugares, a descobrir as suas histórias e a expor as fotografias nos lugares mais inusitados possíveis, como nos contêiners de um porto, na fachada das casas, na pedra de uma praia.      

            Dito isso, não proponho fazer aqui uma resenha ou crítica cinematográfica sobre o filme, mas comentar as impressões que tive ao revê-lo três anos depois da sua estreia nos cinemas. Trago aqui especificamente uma cena que me chamou a atenção na parte final do filme. Agnès e um funcionário de uma ferrovia contemplam uma imagem gigante que mostra os pés da realizadora e que está exposta num vagão de um trem de carga. Se a situação por si só já seria inusitada, o diálogo entre Agnès e o funcionário da ferrovia é muito revelador sobre o olhar da cineasta. Reproduzo aqui:

Ambos olham a imagem no vagão do trem e comentam:

Homem – São seus (pés)? São bonitos. E quem teve a ideia? 

Agnès – Ele (JR), não eu. Não me orgulho dos meus dedos, são pequenos demais. 

Homem – É verdade que eles parecem pequenos. Verdade. É verdade que parecem pequenos, mas… não sou contra. Fiquei curioso. Qual é o objetivo desses dedos do pé nos vagões. Tem um objetivo ou é… 

Agnès – O objetivo é… é o poder da imaginação. 

Homem – Certo. 

Agnès – Significa que nos damos o direito, JR e eu, de imaginar coisas e de perguntar às pessoas, “podemos usar nossa imaginação onde vocês vivem?”. Além disso, nossa ideia era de estar com gente que trabalha. É por isso que tiramos as fotos dos grupos. Há, ao mesmo tempo, um desejo de conviver com vocês e de pôr em prática nossas ideias, nossas maluquices. 

Homem – Claro. 

Agnès – Isso nos dá prazer, esperando também agradar os outros. 

Homem – O que me surpreende é que é algo original. É mais uma experiência. 

            Somente nesse pequeno fragmento do filme, é possível encontrar muitas questões que definem o olhar de Agnès. Quando ela fala que “o objetivo é o poder da imaginação”, também está falando sobre um ponto chave na sua obra. Os seus filmes sempre nos remete a escolhas narrativas, estéticas, reflexivas que potencializam o uso da imaginação, de soluções criativas. Agnès busca a fantasia, o artifício, a imaginação, escolhe o inusitado, surpreende o espectador. Sua obra não é realista num sentido estrito do termo. Mesmo os seus documentários procuram intervir no real com escolhas originais, onde não basta somente mostrar o real, mas a criação que emana desse real.

            Quando Agnès afirma que “isso nos dá prazer, esperando também agradar os outros”, ela também afirma um cinema que pensa o espectador, que o provoca não no sentido de um hermetismo que desafia codificações, mas de um efeito que produz um encantamento pelo sentido criativo e lúdico que possuem as suas escolhas narrativas e estéticas. A reação do funcionário da ferrovia é muito elucidativo sobre isso. Mesmo sem saber o objetivo de terem colocado uma fotografia gigante dos pés da cineasta no vagão de um trem, ele afirma que é algo que “surpreende, que é original, que é uma experiência”. O que ele fala e como ele fala revelam esse encantamento pelo inusitado.  

            Os filmes de Agnès nos convidam a entrar nesse mundo engenhoso, nos colocam como parte dessa construção. Não por acaso, Jean Luc Godard aparece neste filme da forma mais inusitada possível (sem spoilers aqui) e isso diz muito sobre as diferenças entre eles. Ambos construíram obras inventivas, provocadoras, referenciais, mas por caminhos diferentes. Godard provoca e te distancia. Agnès provoca e te abraça.

            Para não me estender mais, grande parte desse encantamento também parte do personagem Agnès Varda. Os seus filmes também nos convidam a construir sentimentos, afetos por ela. Sobretudo nos seus últimos filmes de cunho mais autobiográfico – As praias de Agnès (2008), Visages-Villages (2017), Agnès por Vardà (2019) -, Agnès traz a junção entre a alegria e a melancolia, entre a maluquice e a nostalgia, entre lembrar seres queridos que faleceram  e querer conhecer pessoas, viver novas experiências. Quando ela afirma que buscava com esse filme o “desejo de conviver com vocês e de pôr em prática nossas ideias, nossas maluquices”, também nos revela como o exercício de buscar ao outro sempre foi uma tônica na sua obra.

            Decidi rever esse filme por um motivo em especial: Agnès nos faz sorrir. É uma cineasta solar. Quanto mais nos revela a sua busca incessante por pessoas, por memórias, por experiências, mais ela nos incita a imaginar, criar, ressignificar. Agnès ressignificou em imagens e filmes o seu luto pela morte do cineasta e seu marido Jacques Demy (1931-1990). Agnès criou filmes como Os catadores e eu (2000), onde procura ressignificar objetos, alimentos, afetos, imagens. Se em Os catadores e eu, ela encontrou uma batata descartada pelos produtores agrícolas e se encantou pelo formato de um coração que ela possuía, aqui em Visages, villages, ela ressignificou essa mesma imagem da batata com o formato dos seus pés fotografados por JR.

            Sempre que assisto os seus filmes, o sorriso permanece latente porque a inventividade, a imaginação, “as maluquices” pulsam continuamente. Os seus filmes nos intimam a buscar, a inventar, ressignificar coisas. Em meio ao confinamento em que estamos, em meio as circunstâncias do distanciamento social, onde precisamos cada vez mais ficar em casa, a vida também nos está obrigando a sermos mais inventivos. A cada dia, precisamos encontrar novas formas de lidar com a casa, com os objetos, com os nossos sentimentos, com as pessoas que compartilham o mesmo teto que nós, para não cair no tédio, na tristeza de uma rotina onde os dias estão cada vez mais iguais e o futuro é incerto. Os seus filmes nos mostram a importância de incluirmos as inventividades nas nossas vidas, de encontrarmos um sentido lúdico nas pequenas atividades cotidianas (e que assim seja tanto agora, como depois do confinamento causado pela pandemia).

Trailer de Visages, villages (2017)


[1] Para saber mais sobre Agnès Varda: https://brasil.elpais.com/brasil/2019/03/29/cultura/1553856699_702910.html

Para saber mais sobre JR:  https://gq.globo.com/Cultura/noticia/2019/03/meio-fotografo-meio-artista-plastico-jr-e-o-ativista-urbano-que-voce-precisa-conhecer.html

https://brasil.elpais.com/brasil/2017/10/30/cultura/1509385421_593585.html